Cómo construir un árbol genealógico

Conocer la historia familiar es parte fundamental para tener clara nuestra identidad. Una gran idea para lograr unirnos con nuestros antepasados es con un árbol genealógico. No obstante, a algunos les parece complicado emprender este proyecto familiar. Si piensas igual o quieres hacerlo y no sabes por dónde empezar, sigue leyendo. Ya que, en este artículo de hoy, te enseñaremos a cómo construir un árbol genealógico. En busca de tus antepasados Un árbol genealógico se vuelve más interesante al incluir más nombres de familiares en él. Es fácil conseguir los nombres de familiares cercanos. Pero, a medida que crecen las ramas del árbol genealógico y la relación consanguínea se aleja, se complica el trabajo. Por eso, te aconsejamos que te tomes tu tiempo y te organizas de esta forma: Comienza escribiendo tu nombre, el de tus hermanos y el de tus padres. Sigue con los nombres de tus abuelos, el de tus tíos, tías y todos tus primos. Ahora pregunta por los nombres de tus bisabuelos, y los tíos y tías de tus padres. Aquí decides si construir el árbol genealógico hasta este punto o si incluir más generaciones en tu diagrama familiar de tamaño xxx y no es porno. Sea que continúes o no agregando más generaciones, tendrás que realizar una investigación para llenar los espacios vacíos que por tu cuenta no puedes llenar. Empieza una búsqueda concienzuda de tus antepasados al preguntarle a los más viejitos de la familia sus nombres. Un detalle sorprendente, que puede serte muy útil, es que existen en Internet herramientas que realizan la búsqueda de tus antepasados. Una cierta cantidad de información la puedes conseguir gratuita y si quieres más debes pagar. Al construir un árbol genealógico encontrarás más información de la que te imaginas. Si quieres, no solo pongas los nombres en el árbol. […]

Puertas de aire

– Ahora lo que nos queda es morirnos con decencia -dijo Guillén. La Miñón abría su maleta y alisaba sobre la cama dos camisas blancas de manga corta, un pantalón al que afiló la raya con saliva y colgó en el respaldo de la silla y una chaqueta sin forro, negra, que sopló de grumos en las solapas y a la que espantó las arrugas de la espalda como si fueran cucarachas. – ¿Es todo, Guillén? -preguntó extrañado. – Y un violín -respondió el policía-, pero ése déjalo aquí -y tiró del estuche hacia él hasta colocarlo al lado del sillón donde estaba sentado. No hay pasado en la luz de esa mañana: las caras de sus muertos se mezclan en la calima de la casa como rostros bajo el agua temblando en la memoria y, además, en las corrientes que el aire mece vaciado por los balcones abiertos, por las hojas batiendo de la galería, como sangre invisible que inunda lenta aquella habitación y que resucita la mano de la Miñón azotando baldas y cortinas, sacudiendo ventanas que espejean cristales -en ese momento aún- como ojos nublados tras una piel muerta. – Miñón: no descubras los muebles -ordenó-, déjalos estar. Guillén repasa la habitación y los bultos y los cacharros, y el tinteneo de las losas bajo sus pasos como un cónclave de fusas, los ecos de sus pies de niño al robo de la leche americana -condensada y dulce como entonces creía que serían los besos-, el roce porno colombiano de la bata de la Miñón ahuecada en su diligencia, sus piernas peludas a desconchones, el vientre plagado de estrías y, sobre el calzoncillo ceñido, un tatuaje difuminado diciendo: ‘nihil obstat’, así, con la tinta corrida sobre el pellejo, su vieja invitación, la rúbrica del abandono. Volver a […]

Una carta a mi hermano

Hermano, esta carta va destinada a ti y también a mamá, vosotros sois los únicos culpables de que me haya escapado de casa…Pero no os preocupéis, volveré pronto, volveré cuando mi hermano me deje ver la tele. Estoy cansado de que no me dejéis ver la tele. Por eso me he escapado. Estoy en casa de un amigo…viendo un poco de porno, sí, la tele y la veo a todas horas, me trago todos los programas y cuanto peores sean mejor. Hermano, quiero que te des cuenta de algo: a mí no me gusta leer y por mucho que me obligues no vas a conseguir que me lea ningún libro. Hermano, la tele me gusta porque cuenta historias que entiendo y veo todos los días y los libros son aburridos, son como un castigo, son una maldición. La tele tiene muchas y preciosas imágenes y los libros sólo tienen letras y letras en las que uno acaba ahogándose. Pero, sobre todo, hermano no me gusta leer porque ni tú, ni mamá ni los profes del colegio me han enseñado nunca a leer. Sólo me habéis arrojado encima libros y libros y me habéis explicado lo importantes que son y el valor que tienen y lo necesario que son para mi formación como persona. Sólo he oido de vosotros palabras sagradas para referirse a esas cosas llamadas libros, como si fueran palabras de dioses, como si fueran seres a los que hay que adorar para no sé muy bien qué. Hermano, me dices que lea pero no sé leer sólo se tragarme montones de letras con las que quieres que llene mi cabeza. Hermano, no sé leer porque tú no me has enseñado y porque tú, hermano, tampoco sabes leer. ¿Por qué, hermano, nuca te he visto emocionarte ante un libro, […]

Los que muchos Vascos quieren

Desde hace más de treinta años, el casi millar de muertos provocados por la barbarie fascista de ETA se ha asentado, entre otros muchos pilares, sobre discursos teóricos como los que en esta revista se han desgranado recientemente en el artículo “Sobre la Violencia y el Estado” que, presuntamente, es respuesta a uno anterior publicado por quien esto firma, titulado “El terror en tiempos del pensamiento débil”. En el País Vasco, llevamos demasiado tiempo desmontando argumentos absolutamente falaces y demagógicos que, curiosamente, tratan de atacar la legítima violencia que los estados democráticos están en disposición de ejercer (la que garantiza que los ciudadanos podamos ejercer nuestros derechos en libertad, la que nos defiende de las agresiones de individuos que no respetan más leyes que las suyas y la que, en definitiva, ayuda a que la convivencia en sociedades hipercomplejizadas como las nuestras se sustente con un grado alto de cohesión social), defendiendo el terrorismo, cuando no alentando directamente, las acciones criminales de un puñado de iluminados que siempre tienen una presunta bandera, una patria, un dios o una creencia, que les sirve de disculpa para segar la vida de los demás. De cualquier manera, no son las peculiares teorías desgranadas en “Sobre la Violencia y el Estado” lo que me ha llevado a responder a este escrito. Pienso que la mayor parte de los argumentos que éste contiene se deslegitiman de una manera muy sencilla: cualquiera que haya estudiado la historia del fascismo y del nazismo en la Europa de la primera mitad del siglo xxx, o incluso quien haya repasado las teorías de saldo de los neonazis alemanes actuales, sabe a la perfección que utilizan,  exacta y miméticamente, los mismos razonamientos, reflexiones y fundamentos que se nos proponen en el texto “Sobre la Violencia y el Estado”. (Véase, por […]

Cuando nos desencontramos

Para Ana María, que me lo pidió. Y por supuesto, para una Alicia real Ya nos acercábamos a nuestra parada de siempre. Atrás iban quedando el taller, el solar vacío, la tienda de muebles, el tanatorio… Hice un gesto a mi hermana, que parecía haberse quedado aletargada en su asiento mientras trazaba dibujitos distraídamente con un dedo sobre la ventana (siempre ha preferido sentarse junto a la ventana), y cogiendo la mochila de un tirante me levanté. Cualquiera de las dos puertas del autobús quedaba a la misma distancia del lugar donde nos encontrábamos, así que yo me dirigí a la trasera por estar el pasillo más despejado. Bajé las escalerillas y cuando me volví para comentar algo con mi hermana me encontré con que ésta no estaba detrás de mí. De hecho, no estaba conmigo y la puerta del autobús ya se había cerrado. Extrañeza, preocupación: ¿se habría quedado en el autobús? ¿No se habría dado cuenta de que teníamos ya que bajarnos? Miré hacia las rubias19, que ya partía, y unos metros más arriba de donde yo me encontraba la ví, mirando también al vehículo con aire de desconcierto. La llamé con un grito y cuando se volvió hacia mí pude ver una expresión de alivio en su cara. Creo que aquella fue la primera vez que nos desencontramos.  

Cuentos de comedor

Cena rutinaria Estamos cenando. La cena transcurre normalmente, entre el tintineo de los cubiertos al golpear los platos, el informativo en televisión, algún comentario ocasional (del tipo “pásame el pan” y poco más). Cuando mi hermana se dispone a beber agua, sin apartar la vista del televisor, su mano, en lugar de aferrar el vaso de agua, lo empuja, quedando libre el líquido que en pocos instantes se esparce por el mantel. Todos volvemos los ojos hacia este charco creciente. “Mirad, es un perro” comenta la pequeña. “No, es un pez” le rebato yo. “Es una chica con coleta, como tú” dice mi madre. Mi padre tiene la vista clavada en el ya estanque como esperando que se le revelara alguna imagen. “No veo nada de porno” comenta finalmente, y seguimos cenando. La nube en el comedor Una familia sentada alrededor de una mesa a la hora del almuerzo. No hablan, se limitan a saborear los exquisitos filetes que reposan en sus platos. Por encima de sus cabezas empieza a formarse una nubecita a la que ellos al principio no dan importancia, concentrados como están en cada sabrosa tajada de carne que se llevan a la boca. La nube se confía al ver que nadie le presta atención y supone que puede actuar a sus anchas, por lo que sigue creciendo y creciendo, sorbiendo la deliciosa humedad del ambiente que tan gustosamente la va engordando, hasta que llega un momento en que no puede aguantar su propio peso y decide descargarse. Primero una gotita, luego dos, y como nadie se da cuenta en pocos minutos se produce un gran chaparrón que obliga a los incautos comensales a abandonar el comedor con cara de extrañeza y sin comprender lo que ha sucedido. Cuando regresan ya no queda rastro de la nube, […]

Pensamiento acerca de Casarse, una idea cercana a la realidad.

La intimidad emocional es mucho más difícil que la intimidad física. Creo que la meta de mucha gente es mantener la relación prácticamente sin conocerse. Linda y Cole quisieron conocerse y darse a conocer. Este es el mensaje que trata de transmitir la película: el matrimonio como sentimiento más profundo y poderoso (Lo dice Ashley Judd en Vogue sobre Cole Porter y su esposa Linda, a quien ella interpreta en la película De-Lovely). Estoy convencida de que como sentimiento profundo y poderoso, como plena intimidad emocional, sólo es posible una vez alcanzada la madurez. En los tiempos que corren, ¿qué garantía de estabilidad ofrece el renunciar para siempre, con sólo 30 años, a vivir de nuevo el deslumbramiento del amor que comienza? ¿no querremos deslumbrarnos de nuevo a los 36? ¿y a los 40? La tibieza del amor estable y definitivo, ¿no combinará mejor con el sosiego de la plena madurez? A los 38 todavía puedes enamorarte y enamorar, y a los 40, ¿vas a renunciar a ello retirándote del mercado a los 30? El amor (el cariño) puede ser eterno, pero la pasión rara vez lo es, ¿y quién es capaz de renunciar a ella? Que conste que quien habla aquí es una mujer, ¡seguro que los hombres me entienden a la perfección! ¿Debe un hombre de 38 (o más), perfectamente atractivo e intelectualmente estimulante, renunciar a los videos caseros que le vuelva a hacer vibrar sólo porque a los 30 decidió adaptarse a las convenciones? Lo mismo es aplicable a la mujer, pero sigue quedando más claro si ponemos al hombre como ejemplo. Si antes la presión era casarse a los 25, ahora lo es casarse a los 30. El error y el peligro de casarse hoy a los 30 es el mismo que el de casarse a los […]

Un pensamiento acerca del MAR.

A menudo sueño con el mar. Con todo el mar, no sólo con la superficie. Unas veces me sumerjo en aguas transparentes iluminadas por el sol del mediodia. Otras veces me dejo llevar flotando bajo un cielo de estrellas brillantes y nítidas como alfileres, sobre un océano inmóvil, negro y cálido. Cuando estoy arriba, sólo escucho el levísimo chapoteo de mis manos y los minúsculos pornhub chasquidos de las burbujas que estallan. Cuando me sumerjo, en cambio, mis oidos taponados sólo oyen el roce del agua al propulsarme y los latidos de mi corazón. Los paisajes submarinos que veo en mis sueños siempre son recuerdos de mis primeras inmersiones a pulmón, siendo aún un niño, en compañía de mi padre. Por aquel entonces el agua de la Costa Blanca todavía estaba limpia y llena de vida. Cuando atravesaba la superficie con mis ojos, se mostraba ante mí un mundo inmenso de fronteras difusas. El fondo de arena, roca y algas se extendía hasta perderse en una bruma azul, una falsa niebla que huía de mí cuando la perseguía, revelando más y más de un mundo oculto y bellísimo que parecía no tener fin. Cada palmo cuadrado del suelo marino era para mí tan misterioso y excitante, tan novedoso y desconocido, que deseaba con fuerza poder respirar bajo el agua durante horas para retrasar el momento en que debería abandonar ese universo de quietud y belleza, y regresar al no menos bello pero más conocido mundo del aire y el porno. En mis sueños, puedo respirar bajo el agua con mis propios pulmones. En ocasiones buceo sobre un desierto abisal de arena ondulada. El fondo se va desplomando lentamente hasta llegar al talud continental, donde se pierde en una oscuridad donde quiero -pero temo- ir. Un dia encontré el pecio de […]