Puertas de aire

– Ahora lo que nos queda es morirnos con decencia -dijo Guillén. La Miñón abría su maleta y alisaba sobre la cama dos camisas blancas de manga corta, un pantalón al que afiló la raya con saliva y colgó en el respaldo de la silla y una chaqueta sin forro, negra, que sopló de grumos en las solapas y a la que espantó las arrugas de la espalda como si fueran cucarachas. – ¿Es todo, Guillén? -preguntó extrañado. – Y un violín -respondió el policía-, pero ése déjalo aquí -y tiró del estuche hacia él hasta colocarlo al lado del sillón donde estaba sentado. No hay pasado en la luz de esa mañana: las caras de sus muertos se mezclan en la calima de la casa como rostros bajo el agua temblando en la memoria y, además, en las corrientes que el aire mece vaciado por los balcones abiertos, por las hojas batiendo de la galería, como sangre invisible que inunda lenta aquella habitación y que resucita la mano de la Miñón azotando baldas y cortinas, sacudiendo ventanas que espejean cristales -en ese momento aún- como ojos nublados tras una piel muerta. – Miñón: no descubras los muebles -ordenó-, déjalos estar. Guillén repasa la habitación y los bultos y los cacharros, y el tinteneo de las losas bajo sus pasos como un cónclave de fusas, los ecos de sus pies de niño al robo de la leche americana -condensada y dulce como entonces creía que serían los besos-, el roce porno colombiano de la bata de la Miñón ahuecada en su diligencia, sus piernas peludas a desconchones, el vientre plagado de estrías y, sobre el calzoncillo ceñido, un tatuaje difuminado diciendo: ‘nihil obstat’, así, con la tinta corrida sobre el pellejo, su vieja invitación, la rúbrica del abandono. Volver a […]