Puertas de aire

– Ahora lo que nos queda es morirnos con decencia -dijo Guillén.
La Miñón abría su maleta y alisaba sobre la cama dos camisas blancas de manga corta, un pantalón al que afiló la raya con saliva y colgó en el respaldo de la silla y una chaqueta sin forro, negra, que sopló de grumos en las solapas y a la que espantó las arrugas de la espalda como si fueran cucarachas.
– ¿Es todo, Guillén? -preguntó extrañado.
– Y un violín -respondió el policía-, pero ése déjalo aquí -y tiró del estuche hacia él hasta colocarlo al lado del sillón donde estaba sentado.

No hay pasado en la luz de esa mañana: las caras de sus muertos se mezclan en la calima de la casa como rostros bajo el agua temblando en la memoria y, además, en las corrientes que el aire mece vaciado por los balcones abiertos, por las hojas batiendo de la galería, como sangre invisible que inunda lenta aquella habitación y que resucita la mano de la Miñón azotando baldas y cortinas, sacudiendo ventanas que espejean cristales -en ese momento aún- como ojos nublados tras una piel muerta.
– Miñón: no descubras los muebles -ordenó-, déjalos estar.

Guillén repasa la habitación y los bultos y los cacharros, y el tinteneo de las losas bajo sus pasos como un cónclave de fusas, los ecos de sus pies de niño al robo de la leche americana -condensada y dulce como entonces creía que serían los besos-, el roce porno colombiano de la bata de la Miñón ahuecada en su diligencia, sus piernas peludas a desconchones, el vientre plagado de estrías y, sobre el calzoncillo ceñido, un tatuaje difuminado diciendo: ‘nihil obstat’, así, con la tinta corrida sobre el pellejo, su vieja invitación, la rúbrica del abandono.

Volver a la guarida, al calor que el sol reparte salpicado en lamas, al sonido del viento que silba con lamentos de castrati, a aquella jaula en la que la Miñón, manoteando al guardar su ropa, dibuja volutas y ecos con su pulular de voces en flautín haciendo inventario, a la prisión, a la Cueva del Pájaro Azul y los cuplés, a esos boleros que ella cantaba como una reina con bata larga o picardías, según fuera, que el amor de los hombres es de ojo y a oscuras no hay mujer que me haga sombra, y no lo digo por la poca luz, ya me entiendes, malo, que no hay mejor placer para uno que el que otro ya se sabe; porno chileno no creas, Guillén, dice, que aún me arden las mechas, verás esta noche en el Café-Concert (y lo dijo así, con dos mayúsculas), haciendo fiesta, que nos quedan más de dos días, comisario, hasta que el culo aguante. Pero Guillén dijo entonces eso de ‘ahora lo que queda es morirnos con decencia’ o algo así, y no entendió que la Miñón le tiraba un ‘quita, quita, viejo’ y seguía hundido en el ropero sin ver al Culebras y a Antón asomarse a la puerta de la casa, sin oir tras ellos el coro de niños espantados que voceaba con descaro la muerte de una puta.

Una carta a mi hermano

Hermano, esta carta va destinada a ti y también a mamá, vosotros sois los únicos culpables de que me haya escapado de casa…Pero no os preocupéis, volveré pronto, volveré cuando mi hermano me deje ver la tele. Estoy cansado de que no me dejéis ver la tele. Por eso me he escapado. Estoy en casa de un amigo…viendo un poco de porno, sí, la tele y la veo a todas horas, me trago todos los programas y cuanto peores sean mejor.

Hermano, quiero que te des cuenta de algo: a mí no me gusta leer y por mucho que me obligues no vas a conseguir que me lea ningún libro. Hermano, la tele me gusta porque cuenta historias que entiendo y veo todos los días y los libros son aburridos, son como un castigo, son una maldición. La tele tiene muchas y preciosas imágenes y los libros sólo tienen letras y letras en las que uno acaba ahogándose. Pero, sobre todo, hermano no me gusta leer porque ni tú, ni mamá ni los profes del colegio me han enseñado nunca a leer. Sólo me habéis arrojado encima libros y libros y me habéis explicado lo importantes que son y el valor que tienen y lo necesario que son para mi formación como persona. Sólo he oido de vosotros palabras sagradas para referirse a esas cosas llamadas libros, como si fueran palabras de dioses porno, como si fueran seres a los que hay que adorar para no sé muy bien qué. Hermano, me dices que lea pero no sé leer sólo se tragarme montones de letras con las que quieres que llene mi cabeza. Hermano, no sé leer porque tú no me has enseñado y porque tú, hermano, tampoco sabes leer. ¿Por qué, hermano, nuca te he visto emocionarte ante un libro, por qué nunca te has enfrascado en la lectura de un libro como te enfrascas en las noticias del periódico o en las noticias del telediario o en las jugadas que hace tu equipo de fútbol? ¿Por qué nunca te he visto a ti comprar un libro que no sea para regalar o para que yo lo lea? Porque, claro, yo estoy formándome y tú ya estás formado pero yo creía que uno no acababa de formarse nunca y que los libros no tienen edad. ¿ Y sabes una cosa? Sospecho que mis profesores tampoco saben leer porque también se llenan la boca con los libros y todo eso del valor de la lectura pero nunca los he visto leer ningún libro que no fuese de los de lectura obligatoria… para nosotros, claro. Algunas veces he mirado en sus carteras o me he asomado a las salas de profesores y nada, no he visto a ninguno con un libro en la mano, sonriendo o llorando. Y es que ellos, estoy seguro, tampoco saben leer.

Hermano, déjame ver la tele porque es la única que me cuenta cosas, que me narra historias, que me produce emociones, que me lleva a otros mundos. Déjame ver la tele porque es la única que se sienta conmigo a charlar de mis cosas, la única que me acompaña cuando me aburro, la única me lleva de paseo, la única que me dice cómo debo comportarme, la única que me enseña lo que está bien o está mal. Tú sólo me obligas a estudiar y a leer y de vez en cuando me sermoneas con tus monsergas pero nunca te has sentado a mi lado y me has contado ninguna historia, nunca me has hecho saber que lo que pone en los libros lo ha escrito gente con mucha imaginación y que las historias que contienen sus páginas son alucinantes. Nunca me has leído algo que te emocionara, nunca me has hablado del mogollón de personajes que habitan dentro de las páginas, nuca me has planteado sus dudas o sus inquietudes o sus pensamientos. Nunca me dijiste que hay un país lejano donde vive un pequeño príncipe que cuida una flor y que habla con un zorro y que se encuentra con una aviador en el desierto, nunca me dijiste que en el futuro habrá unos bomberos que se dediquen a quemar libros en vez de apagar incendios y que en el bosque los hombres-libro se dedican a mantener la memoria de los grandes escritores, nuca me dijiste que hay una chica llamada Sofía que cada día recibe una carta que le trae un perro y en ella le plantea cuestiones tan interesantes como quién eres, a dónde vas o de dónde vienes, nuca me dijiste que un doctor podía a la vez ser bueno y malo, simpático y terrible, nunca me dijiste que existen coroneles que no tienen quien les escriba o que hay escarabajos que se transforman en personas o que a través de un libro puede uno buscar el tiempo perdido mientras se come una magdalena o que no en todas las colmenas viven abejas o que los tambores también pueden se de hojalata o que los emperadores pueden ir desnudos com si de videos porno se tratase, y sólo los ojos de una persona se dan cuenta de eso.

Papá, cuando te vistas y te sientes a mi lado y me cuentes una historia y me convenzas de que me estoy perdiendo algo si dejo de ver la tele, la apagaré y no volveré a encenderla. Mientras tanto, si no tienes nada que ofrecerme, excepto tus prohibiciones, sólo quiero una cosa: papá, déjame ver la tele.

Cuando nos desencontramos

Para Ana María, que me lo pidió. Y por supuesto, para una Alicia real

Ya nos acercábamos a nuestra parada de siempre. Atrás iban quedando el taller, el solar vacío, la tienda de muebles, el tanatorio… Hice un gesto a mi hermana, que parecía haberse quedado aletargada en su asiento mientras trazaba dibujitos distraídamente con un dedo sobre la ventana (siempre ha preferido sentarse junto a la ventana), y cogiendo del porno gratis la mochila de un tirante me levanté. Cualquiera de las dos puertas del autobús quedaba a la misma distancia del lugar donde nos encontrábamos, así que yo me dirigí a la trasera por estar el pasillo más despejado. Bajé las escalerillas y cuando me volví para comentar algo con mi hermana me encontré con que ésta no estaba detrás de mí. De hecho, no estaba conmigo y la puerta del autobús ya se había cerrado. Extrañeza, preocupación: ¿se habría quedado en el autobús? ¿No se habría dado cuenta de que teníamos ya que bajarnos? Miré hacia las rubias19, que ya partía, y unos metros más arriba de donde yo me encontraba la ví, mirando también al vehículo con aire de desconcierto. La llamé con un grito y cuando se volvió hacia mí pude ver una expresión de alivio en su cara. Creo que aquella fue la primera vez que nos desencontramos.

 

Cuentos de comedor

Cena rutinaria

Estamos cenando. La cena transcurre normalmente, entre el tintineo de los cubiertos al golpear los platos, el informativo en televisión, algún comentario ocasional (del tipo “pásame el pan” y poco más). Cuando mi hermana se dispone a beber agua, sin apartar la vista del televisor, su mano, en lugar de aferrar el vaso de agua, lo empuja, quedando libre el líquido que en pocos instantes se esparce por el mantel. Todos volvemos los ojos hacia este charco creciente. “Mirad, es un perro” comenta la pequeña. “No, es un pez” le rebato yo. “Es una chica con coleta, como tú” dice mi madre. Mi padre tiene la vista clavada en el ya estanque como esperando que se le revelara alguna imagen. “No veo nada de porno” comenta finalmente, y seguimos cenando.
La nube en el comedor

Una familia sentada alrededor de una mesa a la hora del almuerzo. No hablan, se limitan a saborear los exquisitos filetes que reposan en sus platos. Por encima de sus cabezas empieza a formarse una nubecita a la que ellos al principio no dan importancia, concentrados como están en cada sabrosa tajada de carne que se llevan a la boca. La nube se confía al ver que nadie le presta atención y supone que puede actuar a sus anchas, por lo que sigue creciendo y creciendo, sorbiendo la deliciosa humedad del ambiente que tan gustosamente la va engordando, hasta que llega un momento en que no puede aguantar su propio peso y decide descargarse. Primero una gotita, luego dos, y como nadie se da cuenta en pocos minutos se produce un gran chaparrón que obliga a los incautos comensales a abandonar el comedor con cara de extrañeza y sin comprender lo que ha sucedido. Cuando regresan ya no queda rastro de la nube, que se ha deshecho por completo dejando inundada la habitación, pero tras una concienzuda sesión de limpieza lo único que lamenta la familia es que esta lluvia repentina haya hecho florecer los muebles.