Cuentos de comedor

Cena rutinaria

Estamos cenando. La cena transcurre normalmente, entre el tintineo de los cubiertos al golpear los platos, el informativo en televisión, algún comentario ocasional (del tipo “pásame el pan” y poco más). Cuando mi hermana se dispone a beber agua, sin apartar la vista del televisor, su mano, en lugar de aferrar el vaso de agua, lo empuja, quedando libre el líquido que en pocos instantes se esparce por el mantel. Todos volvemos los ojos hacia este charco creciente. “Mirad, es un perro” comenta la pequeña. “No, es un pez” le rebato yo. “Es una chica con coleta, como tú” dice mi madre. Mi padre tiene la vista clavada en el ya estanque como esperando que se le revelara alguna imagen. “No veo nada de porno” comenta finalmente, y seguimos cenando.
La nube en el comedor

Una familia sentada alrededor de una mesa a la hora del almuerzo. No hablan, se limitan a saborear los exquisitos filetes que reposan en sus platos. Por encima de sus cabezas empieza a formarse una nubecita a la que ellos al principio no dan importancia, concentrados como están en cada sabrosa tajada de carne que se llevan a la boca. La nube se confía al ver que nadie le presta atención y supone que puede actuar a sus anchas, por lo que sigue creciendo y creciendo, sorbiendo la deliciosa humedad del ambiente que tan gustosamente la va engordando, hasta que llega un momento en que no puede aguantar su propio peso y decide descargarse. Primero una gotita, luego dos, y como nadie se da cuenta en pocos minutos se produce un gran chaparrón que obliga a los incautos comensales a abandonar el comedor con cara de extrañeza y sin comprender lo que ha sucedido. Cuando regresan ya no queda rastro de la nube, que se ha deshecho por completo dejando inundada la habitación, pero tras una concienzuda sesión de limpieza lo único que lamenta la familia es que esta lluvia repentina haya hecho florecer los muebles.